La realidad de la infantilización y el robo de ideas en el trabajo. Seguro que, como mínimo, te suena alguna de estas situaciones, si es que no la has vivido en tu propia experiencia:
«Déjame que te explique esto, que es complejo». «Lo que ella intenta decir es…» o simplemente que digas una cosa, nadie te escuche y al momento un compañero repita exactamente lo mismo que tú y todo el mundo le aplauda.
Si eres mujer y trabajas, probablemente has sentido esa punzada de frustración. No es solo una sensación subjetiva; es una dinámica de poder que tiene nombre y apellidos.
Mientras nosotras luchamos por construir una carrera sólida, el sistema —y especialmente muchos hombres en posiciones de poder— se encarga de recordarnos, de forma sutil o directa, que nuestra voz vale menos.
A continuación, voy a mostrarte algunas de estas situaciones para que puedas ponerle nombre y datos la próxima vez que te pase.
Hay una forma de hablar que no busca comunicar, sino jerarquizar. Es ese tono paternalista que algunos hombres adoptan, envolviendo sus palabras en una falsa amabilidad para suavizar el hecho de que te están tratando como a alguien incapaz.
Este tono se reconoce rápido: es lento, excesivamente explicativo y, a menudo, va acompañado de una sonrisa de suficiencia. No es una charla entre iguales; es la actitud de un tutor con su alumna. Cuando un hombre en situación de poder nos habla así, está enviando una señal al resto de la mesa: “Ella está aquí, pero aún no juega en las grandes ligas”. La condescendencia es, en realidad, una herramienta de control para recordarnos cuál es «nuestro sitio».
Cuando el paternalismo no basta para frenar nuestra autoridad, muchos recurren al último recurso del manual del machismo: la deslegitimación biológica.
Seguro que lo has oído o sentido en el ambiente: si levantas la voz, si eres firme en una negociación o si simplemente muestras tu desacuerdo con pasión, el argumento para invalidarte es tu estado emocional o tu ciclo menstrual: «¿estás en esos días?», «estás un poco sensible hoy», «es que te emocionas mucho»…
Atribuir nuestras opiniones o reacciones a la regla o a una supuesta «inestabilidad emocional» es una estrategia de manipulación (o gaslighting) de manual. Es la forma más baja de infantilización: reducir nuestro criterio profesional, nuestras horas de estudio y nuestra experiencia a un simple impulso hormonal.
A un hombre nunca se le cuestiona si su firmeza se debe a su testosterona; a nosotras se nos usa la biología como una jaula para invalidar cualquier argumento que les resulte incómodo.
Quiero pararme aquí un momento a analizar este punto, ya que estoy segura de que, si has sufrido algunas de estas situaciones, la primera emoción que ha aflorado en ti, es la rabia.
La rabia es, probablemente, la emoción más castigada en la mujer profesional (y en general en cualquier ámbito de nuestra vida, pero nos vamos a centrar en el laboral).
Mientras que en un hombre se lee como «carácter» o «autoridad», en nosotras se traduce automáticamente como «descontrol» o «falta de profesionalidad», además de, como ya hemos visto, unirlo a nuestra biología.
Históricamente, la rabia ha sido una emoción permitida —e incluso celebrada— en los hombres. Un líder hombre que da un golpe en la mesa o expresa su indignación con firmeza o incluso, violencia, es visto como alguien apasionado, fuerte y con mando.
Sin embargo, cuando una mujer expresa esa misma rabia ante una injusticia o un error grave, el sistema la etiqueta de inmediato como «histérica», «difícil» o «fuera de sí».
La rabia como herramienta de desacreditación: En el entorno laboral, se nos exige una calma infinita y una sonrisa perenne. Si rompemos ese guion para mostrar enfado, nuestra opinión profesional queda anulada. Ya no importa por qué estamos enfadadas (una idea robada, un presupuesto recortado sin previo aviso, un comentario condescendiente), solo importa que estamos enfadadas. La rabia se usa para desviar el foco del problema real hacia nuestra «falta de control emocional».
El mansplaining es el síntoma más común de esta enfermedad laboral. Ocurre cuando un hombre te explica algo de manera condescendiente, asumiendo que tus conocimientos son inferiores a los suyos, incluso si tú eres la especialista en la materia.
A continuación, te dejo algunos datos de interés para tener en cuenta e invitar a la reflexión:
Un estudio realizado por investigadores de las universidades de Princeton y Brigham Young (BYU), en 2012, reveló que en las reuniones de trabajo, los hombres dominan el 75% del tiempo de palabra. El estudio demostró que en grupos de trabajo mixtos, las mujeres suelen hablar mucho menos de lo que les correspondería por su representación proporcional. Es decir, ellos dominan la conversación de forma desproporcionada incluso cuando ellas tienen la misma formación o cargo.
Otro estudio realizado por la investigadora Adrienne Hancock y su colega Benjamin Rubin en la George Washington University en 2014, titulado «Influence of Communication Partner’s Gender on Language» concluyó que, los hombres interrumpen a las mujeres un 33% más de lo que interrumpen a otros hombres. Esto quiere decir que, en una conversación de apenas 3 minutos, los hombres interrumpieron a las mujeres una media de 2,1 veces. Cuando hablaban con otros hombres, esa cifra bajaba a 1,8. SIn embargo, las mujeres interrumpieron a los hombres solo una vez de media en el mismo periodo de tiempo.
No nos tenemos que ir muy lejos, ni en localización, ni en la línea temporal par argumentar y demostrar que todo lo que vivimos, no es un caso aislado, ya que aquí en España, recientemente, la Universidad de Valencia (Grupo GENTEXT) realizó en 2022 un estudio en el que afirma que las mujeres en entornos profesionales españoles son interrumpidas hasta el doble de veces en reuniones de toma de decisiones.
Además, el estudio confirma que en las reuniones de empresas españolas, los hombres utilizan estrategias de «poder explícito» (interrupción directa, tono elevado), mientras que las mujeres se ven empujadas a usar estrategias de «cortesía negativa» para no parecer agresivas. Esto genera que su mensaje se perciba como menos importante o más «infantil/suave»
Estoy segura de que todo esto te sonando de cerca, pero voy más allá: Propones una idea en una reunión y nadie reacciona. Cinco minutos después, un compañero dice exactamente lo mismo y recibe felicitaciones por su «brillante visión».
¿Te ha pasado alguna vez? Pues amiga, esto tiene nombre y apellidos: se llama Bropriating y es literalmente la apropiación de las ideas de las mujeres por parte de hombres. Es una de las formas más dañinas de infravaloración. Al apropiarse de nuestras propuestas, no solo nos roban el mérito, sino que nos borran del mapa de valor de la empresa. Los hombres en posiciones de poder, a menudo de forma inconsciente, validan más rápido el discurso de otro hombre porque lo reconocen como «igual», mientras que el nuestro pasa por un filtro de duda constante.
Un dato, relacionado también con el apartado anterior, es que, según un estudio más reciente publicado en la revista Journal of Language and Social Psychology en 2023, (que por cierto, tiene artículos muy interesantes sobre la comunicación y el uso del lenguaje) que analizó las interacciones en entornos corporativos híbridos (Online/Presencial), concluyó que las mujeres siguen siendo interrumpidas más frecuentemente en entornos digitales, y sus ideas son menos propensas a ser retomadas por el grupo a menos que un hombre las valide (el Bropriating digital).
Saber que el problema es estructural ayuda a nuestra salud mental, pero saber qué responder en las reuniones ayuda a nuestra carrera. Si te sientes identificada, aquí tienes algunas estrategias para marcar el límite sin perder el foco profesional:
La técnica del «disco rayado» ante interrupciones: Si un compañero te interrumpe, no cedas el turno de palabra ni te calles. Continúa hablando o di con calma pero firmeza: «Aún no he terminado de hablar, dame un momento para concluir y luego escuchamos tu aportación».
Reclama la autoría (Anti-Bropriating): Si alguien repite tu idea y se lleva el mérito, intervén de inmediato: «Me alegra que apoyes la propuesta que acabo de hacer; como comentaba antes…». No dejes que el eco borre la fuente original.
Neutraliza el lenguaje paternalista: Si te llaman con motes «cariñosos» o usan diminutivos, no lo dejes pasar como una broma. Puedes usar el humor serio: «Prefiero que me llames por mi nombre. Estamos en un contexto profesional, no de bares». Al nombrar la situación, expones la falta de profesionalidad del otro.
Desactiva el «Gaslighting» emocional: Si intentan invalidar tu argumento diciendo que estás «sensible» o «emocional» por mostrar rabia o firmeza, devuelve la conversación al plano técnico: «Mi estado emocional es irrelevante para este debate. Lo relevante es lo que estoy exponiendo. Centrémonos en resolver el problema, no en mis formas».
Cuestiona la explicación no solicitada: Ante el mansplaining, sé directa: «Gracias, pero conozco perfectamente el funcionamiento de…» Puedes añadir un dato sobre tu experiencia o tus estudios: «Tengo X años de experiencia«, «Tengo estudios superiores en este área«…
Ha llegado el momento de dejarlo claro: no somos «niñas», ni «chicas», ni «las ayudantes». No necesitamos traductores que filtren nuestras ideas, ni mentores que nos «calmen» cuando señalamos una injusticia. Somos profesionales con una visión estratégica propia, con una formación que a menudo supera con creces la de quienes intentan tutelarnos y con una capacidad de liderazgo que no necesita el visto bueno de la condescendencia.
Romper el guion significa dejar de pedir permiso para ocupar el sitio por el que hemos trabajado. Significa entender que cuando nos ponemos las «gafas violetas» en la oficina, no solo estamos analizando el entorno; estamos activando un escudo contra la infravaloración.
Ya hemos visto que no somos las únicas que sufrimos estas desigualdades, que no somos un caso aislado y que por supuesto, estamos locas ni somos unas exageradas. Pero ¿y ahora qué?
Identificar estas dinámicas de poder en el momento exacto en que ocurren es un acto de resistencia. Cuando frenas una interrupción, cuando reclamas la autoría de una idea robada o cuando exiges que se te llame por tu nombre y no por un diminutivo, no estás siendo «difícil», «agresiva» o «conflictiva». Estás ejerciendo tu derecho a la dignidad profesional.
La verdadera transformación ocurre cuando dejamos de intentar encajar en un molde que nos infantiliza para empezar a romperlo. Nuestra rabia es legítima, nuestra ambición es necesaria y nuestra voz es soberana. El sistema no va a cambiar solo; cambiará a medida que nosotras sigamos incomodando con nuestra firmeza, poniendo límites cuando hay que ponerlos, ocupando espacios con rotundidad y recordándole al mundo que la era de la complacencia se ha terminado.
El primer paso para recuperar nuestro poder es dejar de creer que el problema está en nuestro tono o en nuestra preparación. El problema es una estructura que se resiste a vernos como iguales. Pero las estructuras se agrietan cuando las profesionales deciden que ya no van a suavizar más su discurso para que otros se sientan cómodos.
¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez que tu opinión perdía valor por el simple hecho de venir de ti? ¿Te han intentado desacreditar usando tu «emotividad» como excusa? Hablemos de ello, porque lo que no se nombra, no existe.